
Cuesta entender a veces los designios del destino. Nuestras vidas corren como una película acelerada, queda muy poco espacio para la introspección, casi no hay tiempo para llamar a los amigos, escribir, leer o recordar. La vida nos pasa y de ello nos damos cuenta cuando empezamos a envejecer, cuando vemos crecer a nuestros hijos, notamos que el tiempo que nos queda puede ser cada vez más corto.
A lo largo de la vida se produce lo que se conoce en el cine como la elipsis de tiempo, que consiste básicamente en un salto en el tiempo o en el espacio de la secuencia que lleva la película. En nuestras vidas, especialmente cuando sufrimos un trauma, enfermedad o un evento que nos exige sobrevivir, se produce un elipsis de tiempo. Esto implica que debemos cambiar nuestra forma de vivir al punto que casi nos transformamos en otra persona, dejando atrás todo lo que habíamos construido, porque ya eso pierde validez en el nuevo contexto al que debemos enfrentarnos.
Un ejemplo de esto que expongo es la inmigración. Tomar la decisión de abandonar tu país natal implica un cambio trascendental en tu estilo de vida: es dejar tu hogar, tu familia, amigos, tus lugares comunes, es entregarte a un absoluto desarraigo. Implica abandonar sueños, metas, es dejar una vida, para adquirir otra, es prácticamente reencarnar.
Emigrar produce un dolor profundo en el corazón de quien se va, genera culpa, soledad, desamparo. En mi caso particular, pertenezco a una de las primeras oleadas migratorias de venezolanos que llegaron a Miami, dejé mi país, Venezuela, un 12 de diciembre de 2007. Hice una pequeña maleta, no me despedí de nadie, pues no quería dramas, ni que nada me detuviera, me fui y no he vuelto desde entonces.
Venir a vivir a Estados Unidos implicó cambiar de idioma, de cultura y de sistema de vida. Empezar de cero es lo más duro; porque allí descubres que todo por lo que te esforzaste antes ya no existe y para nadie es importante lo que hiciste en tu país, donde quizás ya eras alguien y te habías hecho un nombre. Aquí eres un número más, uno como otros que debe trabajar de mesonero, limpiando baños, casas o haciendo lo que consigas para ganarte la vida, si te dan un trabajo es una bendición.
Recuerdo que mi primer trabajo en Miami, fue haciendo jugos en un local dentro de un gimnasio. Los fines de semana no había nadie que me cambiara la guardia y llegué a pasar más de 16 horas parada sin sentarme, el lugar tenía cámaras y si no me mantenía parada en un lugar en específico, me llamaban por teléfono para que me volviera a mostrar allí, de lo contrario, me amenazaban con despedirme. Tenía 27 años de edad y recuerdo volver del trabajo al pequeño lugar que logré alquilar (un anexo o efficiency como se dice en inglés, al lado de una casa que quedaba enfrente de un cementerio, no era nada acogedor). Llegaba destruida del cansancio, también casi perdí las uñas de mis manos porque pasaba largas horas pelando frutas, especialmente kiwis para hacer los jugos. El sueldo casi no me alcanzaba para vivir. En el anexo solo contaba con un colchón tirado en el piso, una pequeña cocina y una nevera. El sueldo era menos que un salario mínimo y no alcanzaba para nada. Para tratar de ahorrar en algo a veces solo hacía una sola comida al día, debo admitir que fueron días muy duros para mi, donde reflexioné y pensé que nunca antes había pasado tanto trabajo en mi vida; allí me di cuenta, que en la Venezuela antes de Chávez con todo y sus problemas vivía como una reina, realmente no tenía nada de que preocuparme. Vivía en un apartamento en una de las mejores zonas de Caracas, tenía una carro del año, amigos, un trabajo como productora de televisión, tenía a toda mi familia cerca, no me faltaba nada, era absolutamente bendecida y no lo sabía.
La vida me cambió por completo al mudarme a los Estados Unidos de América. Traté de volver a ejercer aquí mi carrera con varios intentos esperanzadores, pero nuevamente las vueltas del destino me llevaron a cambiar de profesión y dedicarme a la venta de bienes raíces en vez de la producción y el periodismo. Con el paso de los años, ya voy a cumplir aquí 16 años, los recuerdos de mi vida pasada son cada vez más efímeros, hay momentos que esos recuerdos se sienten como un sueño más que como una realidad. A veces, incluso, puedo llegar a sentir que morí y reencarné dentro de la misma vida que dejé, es como el deja vu del personaje principal en una película, es un elipsis de tiempo cada vez más distante, es una sensación muy peculiar y única que solo la puede experimentar una persona que haya emigrado de su país por una situación extrema y por salvaguardar su vida.
Muchos pensarán que estoy exagerando, lo sé, especialmente si nunca han emigrado de su país. Lo que mucha gente no sabe es que antes de abandonar Venezuela viví 5 asaltos armados, gracias a Dios nunca fui secuestrada ni violada en ninguno. Viví al menos 3 ataques graves por parte de los círculos bolivarianos o colectivos cuando era productora en Radio Caracas Televisión (RCTV), entre esos ataques recuerdo cuando un artefacto rompió el vidrio de la ventana donde estaba mi escritorio y cayó justo donde me sentaba, la diferencia entre la vida y la muerte fue solo un par de segundos donde otra productora me tomó de la mano para lanzarnos al piso, probablemente hubiera muerto si ella no me ayudaba. Me hubiera convertido en otra cifra oficial, una venezolana más que perdió la vida durante el gobierno de Chávez, un número más, que en la práctica no hace diferencia para la ONU, la OEA, ni para la Corte Penal Internacional.

Muchos no tuvieron la misma suerte que yo, otros sí murieron. Otros ya no quedan para contarlo. A varios les tocó vivir peores cosas que a mi bajo el régimen de Chávez, mucho peores, sólo pensar en los estudiantes torturados y detenidos ya es suficiente para saber que salí airosa y con suerte de esa pesadilla.
Recuerdo que tenía días que lloraba mucho cuando me encontraba aquí en Miami como recién llegada. En la oficina donde trabajaba, me iba al baño a llorar con desesperación y mucho desamparo, me veía en el espejo y me preguntaba ¿Qué opciones tengo? ¿Volver? ¿Es realmente esa una opción? Y me decía a mi misma: -No, esa no es una opción, sé fuerte, sécate las lágrimas y sigue esforzándote porque es lo único que te queda por hacer.
El tiempo no ha pasado en vano, en este país he hecho ya casi la mitad de mi vida, un par de años más y ya estaré viviendo aquí la misma cantidad de tiempo que viví en Venezuela. Aquí, me casé, tuve a mis dos hermosos hijos, me divorcié y he logrado crear una nueva vida para mi familia y para mi, donde Gracias a Dios no me falta nada y tengo seguridad física y financiera ¿Qué si deseo volver a Venezuela? Una parte de mi sí, otra no. Venezuela representa para mi mucho dolor, especialmente porque no es ni la sombra del país que viví. Es un lugar deteriorado, arruinado, sé que muchos me dirán que no es así, que ya no está tan mal y se vive bien. La verdad es que depende de que es vivir bien para cada uno, caeríamos en un tema muy subjetivo. Con respecto a esto y para evitar caer en desacuerdos se creó una medida estadística que se conoce como el índice de Desarrollo Humano (IDH), la cual mide los adelantos medios de un país en tres aspectos básicos: tener una vida larga y saludable, la esperanza de vida al nacer (tener calidad de vida) y la educación, es decir conocimientos medios por tasa de alfabetización de adultos. Esta estadística de IDH se compara entre países y de allí eso genera una media del índice de desarrollo, si un país está por debajo de esa medida quiere decir que su desarrollo es mínimo o inexistente.
De acuerdo con el último informe de Desarrollo Humano 2021-2022 realizado por Las Naciones Unidas, Venezuela ocupa el puesto número 120, ubicándola por debajo del IDH medio, lo cual quiere decir que el país no tiene ni ha tenido ningún tipo de crecimiento, al contrario todas las cifras están en rojo, en negativo con respecto a lo que se considera una mejora en la calidad de vida de sus ciudadanos. Venezuela en el ranking de desarrollo humano se encuentra por debajo de países como Kirguistán, Botswana y Bolivia.

IDH Informe ONU 2021-2022
Si comparamos estas cifras con el índice de Desarrollo Humano del año 1997, una año antes de que Chávez asumiera la presidencia de Venezuela para más nunca dejarla, los resultados son sorprendentes. En el año 1997, Venezuela ocupaba el puesto número 62, ubicándola por encima del IDH medio, lo cual quiere decir que éramos una país con esperanza de vida y crecimiento sustentable.

Las estadísticas no fallan, me tomé el tiempo de buscarlas para comparar, podía suceder lo contrario, que los resultados estadísticos demostraran que el chavismo trajo calidad de vida a los venezolanos, quería darme cuenta por mi misma, desafortunadamente los números demuestran lo contrario, el chavismo aisló a Venezuela, desmejoró la calidad de vida de los venezolanos y la capacidad de crecimiento del país ahora está en menos cero, en negativo, es inexistente. Es un hecho que se puede probar con números matemáticos.
Ante esta realidad, cuando hablo con los pocos amigos y familiares que me quedan en Venezuela, algunos me comentan que todo mejoró, que no está tan mal como hace unos años atrás, que se vive bien. Otros me dicen que no se vive tan mal como antes, pero que el crecimiento del país es nulo, quizás esta es una visión un poco más realista. Otros, me dicen que no desean hablar del tema, que la crisis de Venezuela es un tema que ha sido explotado mediáticamente para beneficio de algunos y que ellos viven en una Venezuela diferente. Asumo que cada quien crea la realidad que puede tolerar. Así como yo he sentido, que casi reencarné en la misma vida cuando me mudé a Estados Unidos, algunos venezolanos que se quedaron en Venezuela decidieron evadir la realidad, vivir en una pequeña burbuja para tolerar el desplome de la calidad de vida y también reencarnar acostumbrándose a vivir en un país con escasas posibilidades de crecimiento para las generaciones futuras.
Ya en este punto no soy quien para juzgar a nada ni a nadie. Al final la vida nos pone donde debemos estar, pero me niego a olvidar lo que nos hicieron. Jamás mientras me mantenga viva donde sea que esté, olvidaré que nací en un país donde la gente siempre te daba los buenos días y andaba con una sonrisa, donde los amaneceres frente al mar con un cafecito eran gratis, donde me dormía con el sonido de los grillos por las noche y por las mañanas me despertaba con el canto de los pájaros, donde la gente bailaba junta y revuelta, tanto los pobres como los ricos, donde no había racismo, y siempre alguien tenía un amigo que era su negrito, nunca olvidaré que nací en un país donde éramos y fuimos realmente felices y no lo sabíamos, en un país que ya fue y no existirá más nunca como lo viví, en un país que es una parte de la historia de mi vida en otro lugar del mundo.
No sé si agradecerle al Chavismo que me hicieron emigrar de Venezuela, ya no lo sé, quizás mi verdadera vida y destino siempre estuvo fuera del país y me hicieron un favor. Pero, independientemente de cada caso particular, la realidad es que el chavismo destruyó todo un país, muchas vidas fueron rotas, muchos de nosotros quedamos con diferentes tipos de traumas, mucho de nosotros debemos vivir con la tristeza en el corazón de un ruptura en nuestras vidas y sueños. Muchos tenemos que vivir con el dolor de no habernos podido despedir de nuestros seres queridos, muchas madres tiene que vivir con el dolor de haber perdido a sus hijos, todas esas son cicatrices con las cuales ahora los venezolanos tenemos que vivir en diferentes partes del mundo y todo gracias al chavismo y a los mediocres de la oposición.
Si algo anhelo antes de morir, no es tanto volver a Venezuela como que algún día se haga justicia por tantas vidas perdidas y torturadas. Todos necesitamos sanar y para eso necesitamos perdonarnos los unos a los otros, pero antes hace falta justicia, pues sin ella es muy difícil sanar tantas heridas que aún los venezolanos guardamos en nuestros corazones. Mientras Dios me de vida, le seguiré pidiendo justicia por lo que le hicieron a Venezuela y mientras tanto acuñaré la frase de: prohibido olvidar y recordaré el poema de John Donne: “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas, doblan por ti”.

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